El loco Schliemann

Ni sabían ni preguntaban la procedencia de aquel extraño y elegante prusiano que se lucraba con el comercio de armamento y acero a los rusos. No tenía ningún escrúpulo en beneficiarse del inmenso bloqueo al que estaba sometido Rusia durante aquellos días a causa de la guerra de Crimea (1853-1856). Eran tiempos difíciles para todos, incluso para este entrañable sinvergüenza soñador.

Con apenas treinta y cinco años Heinrich se las veía y se las deseaba para alcanzar su sueño mientras incrementaba su enorme fortuna a pasos agigantados. Partiendo de los orígenes más humildes este buscavidas había embarcado rumbo a Colombia en busca de una vida mejor y había naufragado;  había trabajado de lo que iba encontrando en Holanda; había girado su camino hacia el este para establecer relaciones mercantiles con los rusos y se había vuelto a escapar a California para hacerse banquero y amasar una inmensa fortuna. En ese momento al fin pudo dedicarse a su gran pasión: la arqueología.

Desde los años de infancia Heinrich Schliemann estaba totalmente obsesionado con Homero. Cuentan que aprendió el griego antiguo solo para sentir más cercano a Aquiles y a su heroico espíritu, para viajar como Ulises, para redimir como Príamo y para amar como Paris.  Basándose únicamente en los poemas homéricos y convencido de que tanto en la Odisea como en la Ilíada Homero daba detalles suficientes, empezó a comprar terrenos y a llegar a acuerdos con el Imperio Otomano para iniciar sus excavaciones con el fín de encontrar los restos de Ilión, más conocida en occidente como la legendaria ciudad de Troya.

Después de unos primeros años de tanteos, de excavaciones fallidas y esfuerzos inútiles, Heinrich Schliemann descubría varios estratos de Troya en 1870 en la colina Hisarlik. Tras un sinfín de conflictos burocráticos con el gobierno turco sobre la propiedad del terreno y de los vestigios arqueológicos que en él se hallaran, Schliemann dejará ordenado que los restos encontrados, incluidos el tesoro de Príamo, viajen hasta Berlín para ser expuestos en el museo de Prehistoria y Protohistoria.

El maniático magnate Schliemann excavó además en Itaca, en Tirinto, en Micenas (donde descubró la famosa máscara de Agamenón) y en Orcómeno. Debido a la ausencia de un método técnico y científico destruyó, expolió y robó gran cantidad de restos para llegar al estrato de la Troya homérica.  Para la posteridad quedará la anécdota del hallazgo de los restos de un ajuar troyano cuyas joyas colocó a su mujer fotografiándola mientras le gritaba: “¡Eres Helena, Helena de Troya! Por la que los aqueos navegaron en mil naves para librar la mayor batalla de la Antigüedad”.

En 1890 moría en Nápoles. Sus restos descansan en Atenas. Pese a ser un personaje controvertido con claroscuros en su vida, su genialidad le ha llevado a ser considerado uno de los padres de la Arqueología moderna.

Heinrich Schliemann (1822-1890)

Los restos de Troya se encuentran actualmente en el museo Pushkin de Moscú. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial en 1945,  los rusos saquearon Berlín y se llevaron los tesoros troyanos “en compensación por el expolio que los nazis llevaron a cabo en Moscú”. Hoy en día el contencioso entre ambos países sigue vigente, pero debemos incluir tambien a Turquía, que reclama los restos y tesoros de Troya como patrimonio histórico turco y a Grecia que pide los restos sean expuestos en Atenas puesto que Troya, como muchas otras polis jonias eran culturalmente griegas pese a estar situadas geográficamente en la costa turca. Lo cierto es que hoy día para ver los tesoros y restos de Troya debemos ir a Moscú.

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