La noche que tomaron el viejo Dixie

La brisa húmeda de aquella mañana calaba hasta los huesos y mojaba en sudor el rostro del Oficial Primero. En la Estación de Ferrocarril, donde realizaba su trabajo desde hacía más de veinte años, Virgil Caine se sentía y se sabía importante. Y no solo era alguien importante por ser el cabeza de una familia de cinco miembros, sino por ser el encargado de administrar y gestionar la línea ferroviaria, principal vía de suministro de Richmond (Virginia), a la postre capital de los Estados Confederados del Sur.

Durante aquellos primeros meses de 1865 se pasaba hambre en el sur y ya nadie gritaba a los cuatro vientos “independencia primero y libertad después“. La ciudad había ido malviviendo durante los últimos meses y el aprovisionamiento menguaba a la misma velocidad que los yankees de La Unión avanzaban. Cuatro años de guerra civil eran eternos y el viejo Dixie, como llamaban con cariño los sureños a la Confederación del Sur, llegaba a sus horas finales.

Virgil vivía con su mujer, sus tres hijos y su hermano pequeño que en realidad era para él como otro hijo. Desde que sus padres murieron se había hecho cargo de la educación y manutención de Jack. Había querido que siguiera sus pasos en el sector ferroviario pero Jack era un romántico imbuido en ideas y pensamientos totalmente ajenos para Virgil, y pese al gran distanciamiento que sufrieron el día que Jack decidió alistarse voluntario en la Confederación, Virgil rezaba por él y lo tenía siempre en sus pensamientos.

Aquella mañana Virgil Caine “el ferroviario”  no era él. No había dormido en toda una noche en la que solo había encontrado el consuelo de una botella de bourbon. Había dejado a su familia en casa intentando escapar de un dolor que no lograría matar hasta el día del eterno descanso. Lo había visto venir, se había esperado lo peor tantas veces que cuando cuando le llegó la noticia de que Jack, su hermano pequeño de apenas 18 años, orgulloso y valiente había sido acribillado a tiros por un yankee, Virgil solo quiso abandonarse y ya no tuvo sentido para él nada más. El “Dixie to arms!” (¡Dixie a las armas!) que había gritado hacía no tanto se volvió lejano, oscuro, vacío. Ese mismo día los yankees del norte habían tomado Petersburg y Richmond no tardaría en caer. El Norte había “ganado” al Sur. Fue la noche que tomaron el viejo Dixie.

Virgil Caine abandonó su oficio, se hizo agricultor y vivió de los frutos de la tierra.

Muchos años después, Robbie Robertson escribió una maravillosa canción sobre esta historia de la Guerra de Secesión americana.

The Band: “The night they drove old Dixie down”

Levon Helm (1940-2012), batería, guitarra, voz,  alma y único sureño de los canadienses The Band, una de las más grandes formaciones de rock&roll de la Historia,  se fue con Jack el pasado jueves tras una larga enfermedad. Desde allí donde está, junto con sus camaradas Rick Danko y Richard Manuel se habrá unido a Gram Parsons, Gregg Allman,  Gene Clark y un largo etcétera para seguir dando guerra de la única forma que sabe: cantando a la bastarda América.

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2 pensamientos en “La noche que tomaron el viejo Dixie

  1. Anónimo dice:

    como ha mencionado bob dylan resulta enormemente triste el fallecimiento de
    levon,tengo en mi memoria grabada cada gesto ,cada palabra reflejada en su rostro en the last waltz..
    es sencillamente maravilloso todo lo que dice y conforme va narrando te transportabas
    a lo que el amaba..
    lenguaje en infinidad de autentico sureño.. ,te dejabas llevar a su tierra..
    al anochecer sentado junto a robbie afuera de la casa ,mientras los otros juegan al billar..
    fumandose un cigarrito mientras rememoraba a muddy waters,al bluegrass,a carl perkins,
    a las bonitas chicas que se contoneaban.. ,cantando la vieja religion con robbie y richard…

    todo eso y mas es como para escribir un libro inmenso..
    evocador como ningun documento he visto en vida,
    bonita historia la del viejo dixie….

  2. Nada más que añadir. Totalmente de acuerdo.
    Sus dos últimos discos, ya enfermo como estaba siguen estando cojonudos.

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