Historia de Antonio el Camborio

Al morir su padre las  miradas de los dos prestamistas se fijaron en él. Tener doce años recién cumplidos no iba a salvar a Antoñito de aquellos vampiros a pesar  del duelo que debía mantener por su padre muerto. Se trataba de saldar deudas; las dichosas deudas contraídas por Ginés, padre de Antoñito, a causa de las  excesivas condiciones que le habían impuesto esos malnacidos por la cesión de dos fanegas de tierra a las afueras de Benamejí. “Me han estafado, de dos fanegas solo tengo buenos dos celemines pa trigo” se lamentaba con frecuencia Ginés. A pesar de esto, su carácter luchador y orgulloso le hacía saber que no iba a darse por vencido fácilmente: “Yo soy un Camborio Heredia y trabajo mano a mano con el Sol” solía decir. Cultivaba, recogía y vendía lo que iba pudiendo. Con su viejo carro y dos mulas, los miércoles iba hasta Antequera por el antíguo camino empedrado y los sábados se acercaba hasta Lucena atravesando las colinas y los montes imantados. Iba alternando así las ferias semanales hasta que todo se torció un mal día de septiembre que fulminado, Ginés cayó al suelo para no levantarse más. Solo tenía cuarenta años.

“Mi cuerpo sin venas consulta naipes helados”

Antoñito lloraba a un padre al que ya había empezado a ayudar en sus labores. Para más inri, el contrato de cesión de cinco años que había firmado Ginés cumplía solo dos días después del trágico final. Las amenazas y las presiones de los prestamistas hicieron que Antoñito y su madre echaran mano de su familia, pero tuvieron tan poco éxito que llegó el día, tan solo tres meses después de la muerte de Ginés, que tuvieron que huir de Benamejí en mitad de la noche oscura hacia el serrano pueblo de Cabra donde los acogerían unos familiares lejanos. No sabían que decían adiós para siempre a las orillas del Genil. Durante los pocos días que duró el viaje Antoñito creció unos pocos años pero su madre Remedios envejeció un siglo. Mientras la mujer rompía de pena un corazón ya roto de tristeza, el del niño iba albergando odio y un sentido de la supervivencia más cercana al de los animales salvajes que al del común de sus semejantes. Fueron tres días de viaje a pie; dos noches en las que los martillos cantaban sobre los yunques sonámbulos.

En la sierra fue, creció y aprendió a sobrevivir Antoñito mangoneando cuanto podía para llegar al día siguiente. Amarrado a la caliza se hizo a sí mismo. Ya hacía dos años que había dejado la escuela para ayudar a su padre, así que en Cabra su condición de peseguido hizo que ni se planteara la posibilidad de ir al colegio municipal. Durante cinco años más que vivió su madre ambos vivieron de la compasión de familiares y ajenos pero después de morir Remedios, Antonio tuvo que buscarse la vida como mejor pudo. Uno de esos días, ya convertido en un buen mozo gitano, Antonio y sus  compinches saltaron la tapia de la finca “El moro” a tres kilómetros de Cabra para robar naranjas. Lo tenían todo planeado excepto la presencia de dos guardias civiles que caprichosamente el destino había de cruzar en sus caminos cuando salían de la finca y cargaban de naranjas y lechugas un carro robado en la plaza de abastos. Ante los gritos imperativos de los guardias Antonio y sus amigos comenzaron la estampida que duró casi cuatro días y que los llevó hasta las puertas de Córdoba. Una vez allí fueron detenidos y ajusticiados a base de hostias, porrazos y escupitajos.

“Grave silencio, de espalda, manaba el cielo combado”

Después de una semana encerrados en los calabozos menos ilustres los tres amigos apaleados emprendieron cada uno su camino. Antonio decidió volver a Cabra y cuando llevaba día y medio andando sin comer más que polvo atisbó un campo de sandías que asaltó sin pensarlo con la mala fortuna de que el capataz de la propiedad lo vio. Cuando Antonio comenzaba torpemente a intentar huir cuál sería la sorpresa que reconoció en el rostro del capataz a Juan Antonio el de Montilla, uno de los prestamistas que exprimieron a su padre y obligaron a su madre y a él mismo a tener que huir de Benamejí como dos apestados, como dos proscritos. Era el culpable de toda la vida que había tenido que llevar y de la pena de Remedios, su madre. Fue así que de un impulso soltó la sandía y sacando fuerzas de flaqueza se lanzó hacia él como un animal salvaje. Tras un breve forcejeo en el suelo Antonio echaba mano de un pedrusco y le rompía el craneo al de Montilla.

Antonio Heredia el Camborio saldó cuentas con el pasado. Aún tuvo entonces la sangre fría suficiente de coger camino a Sevilla sabiendo que a sus apenas veinte años no le convenía volver a ningún sitio en el que  ya hubiera estado. Estaba buscado en Benamejí, tenía antecedentes en Cabra, lo habían detenido en Córdoba y había matado a un hombre en mitad de ninguna parte. Lo mejor era empezar de nuevo; lo mejor era tomar camino a Sevilla por campos de cebada y trigo, por tierras de vid y algodón envueltas en cante jondo que es el cantar de la redención.

“Fijaba sobre el muro su soledad con descanso”

Antonio no tardó en adaptarse a la ciudad y sus habilidades de buscavidas le facilitaron hacerse pronto con un trabajo en el puerto. No era gran cosa pero sí suficiente para pagar una habitación en una casa de vecinos con un patio de adelfas. Así fue haciéndose un sevillano más. Su buena planta y su perfil afilado le hicieron ganar cierta fama de mujeriego sinvergüenza.Vivió bien, en buenas épocas ganó dinero y pudo relacionarse con algunos señores haciendoles trabajos extra en festines y juergas. Incluso se casó con una prima lejana, Heredia también. Pero nada era suficiente. El puñal del dolor seguía clavado en su corazón. No podía olvidar todo lo que había pasado en su vida: la trágica muerte de su padre, la pena de su madre, los robos, la huida de Benamejí, el asesinato de Juan Antonio el de Montilla y las mujeres a las que había engañado. Su esposa, la Tomasa, amargada con la vida que le daba su marido se arrojó a un pozo y se quitó la vida. Una aureola de triste maldito comenzó a rodearle y todos aquellos que antes sucumbían a su encanto ahora lo llamaban Antonio el Amargo.

“Voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir”

Un veinticinco de junio, misteriosamente llegó una carta para Antonio Heredia el Camborio. Los vecinos le metieron la carta por debajo de la puerta. La carta decía: “En dos meses estarás muerto”. Pero Antonio lejos de aterrorizarse sintió alivio. Sabía que eran sus primos Heredia de Benamejí los que venían para saldar la deuda de deshonor que les había inflingido con su vida, con el mero vivir y con no haber sabido evitar que su mujer se quitara la vida. Antonio sintió alivio y respiró tranquilo. Dos meses después, una noche de farra volviendo de madrugada por la orilla del río cuatro hombres lo cercaron. Aunque sabía que era su final Antonio no se entregó facilmente y peleó como un jabalí. Cuando cayó al suelo y se sintió ir Antonio encontró una paz que le había sido negada desde que nació.  Tres golpes de sangre tuvo y se murió de perfil. Eran cuatro los puñales, tuvo que sucumbir. Voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir.

El veinticinco de junio
le dijeron a el Amargo:
Ya puedes cortar si gustas
las adelfas de tu patio.
Pinta una cruz en la puerta
y pon tu nombre debajo,
porque cicutas y ortigas
nacerán en tu costado,
y agujas de cal mojada
te morderán los zapatos.
Será de noche, en lo oscuro,
por los montes imantados,
donde los bueyes del agua
beben los juncos soñando.
Pide luces y campanas.
Aprende a cruzar las manos,
y gusta los aires fríos
de metales y peñascos.
Porque dentro de dos meses
yacerás amortajado.

*Historia basada en el “Romance del Emplazado” de Federico García Lorca. El poeta escribió el Romance y el cantaor lo cantó:

Camarón de la Isla: “Romance del Amargo”

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4 pensamientos en “Historia de Antonio el Camborio

  1. Anónimo dice:

    El mejor post hasta la fecha.

  2. juanito dice:

    EX-TRA-OR-DI-NA-RIA su descripcion sobre la vida del sufrido ANTIÑITO

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