Una pizca de Esperanza

Realmente está todo perdido. Toda la tripulación lucha contra el fuerte viento atrapada en una tempestad descomunal. Ha perdido la confianza en sí misma; se siente cansada, fatigada, exhausta. Han pasado ya tantos días, tantas semanas, tantos meses de solitarias maniobras colectivas en lucha contra los elementos que estos hombres empiezan ya a claudicar ante el más consciente abandono. Navegan hacia el fin de la nada. Nadie sabe cómo acabará si es que acaba este descenso por lo ignoto. Hace ya mucho tiempo que vienen contemplando la tierra de la única forma posible: miran a estribor y la tierra se alarga y se alarga hacia el sur. Navegan en paralelo a la costa con rumbo fijo hacia ningún lugar. No hay otra forma, no hay otra medida que no sea esa. Al menos no la pierden de vista. Es un sinsentido controlado, una temeridad hasta cierto punto coherente dominada por una calma tensa que ya empieza a descarriar con la llegada de los primeros vientos. Nunca nadie ha estado donde ellos están ahora cuando el fuerte viento del norte, la violenta tempestad y las aterradoras tormentas llevan a la embarcación mar adentro y pierde la referencia terrestre. Comienza la lucha, la pelea por la supervivencia, el sálvese quien pueda ante el gran y feroz leviatán marino, ante el crugir del cielo y el latigazo de las lluvias. Pasan más de una semana en mitad del océano sin el menor indicio terrenal. Días después el viento sopla en sentido inverso, del sur, y la tierra que antes veían desde estribor alargarse de norte a sur la ven ahora desde proa extenderse de oeste a este. El tiempo mejora y dirige los barcos hacia aquella última punta de tierra avistada justo antes de que se desencadenara la furia de los elementos. Ahora todo es alegría. La dos agujas de la brújula señalan el norte. Ahora solo hay esperanza.

A finales de julio de 1487 Bartolomé Díaz comandaba una pequeña flota con la misión de explorar la costa oeste del continente africano con el fin de averiguar donde acababa y si existía algún paso posible para llegar a la India. Hasta entonces el punto más meriodional conocido era Cabo Verde. A partir de ahí todo era océano tenebroso. Tras siete meses de navegación, con una tripulación repleta de fiebres y escorbuto lograban vencer su última batalla ante los elementos y vislumbraban el fin de Africa y el paso hacia la India. Dos Cabos recordarían para siempre esta hazaña: El cabo de las Agujas, que ve unirse al océano Atlántico con el Índico y que debe su nombre a que en ese punto las fuerzas magnéticas son nulas y las dos agujas de la brújula señalan el norte  y el Cabo de las Tormentas, cuyo nombre hace honor al sufrimiento de la tripulación.

Bartolomé Díaz había explorado más de 2000 kilómetros de costas desconocidas. Jamás sería recompensada su hazaña.

Más tarde Juan II de Portugal cambiaría el nombre de Cabo de las Tormentas por el de Cabo de Buena Esperanza.

Cabo de Buena Esperanza

Bartolomé Díaz

Ruta del Viaje

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2 pensamientos en “Una pizca de Esperanza

  1. Paca Experience dice:

    Muy didáctico, como siempre, gracias.

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