Teresina y el Príncipe de España

“Esas tierras siempre verdes entre el mar y las rocosas, entre el llano y las montesas donde el norte se termina y los días se eternizan” – Crónica mozárabe s. XIV –

Cerca de Mieres, allá por el alto de San Emiliano nació y se crió la niña Teresa bajo la obsesiva protección de su madre y de la siempre rígida moral montañesa. Huérfana de padre desde apenas los dos años, Teresa creció en relativa normalidad gracias al amparo del que siempre fue objeto por parte de las Hermanas Pobres de Santa Clara, que se apiadaron tanto de ella como de la temprana viudedad de Lena, su madre. A pesar de sus carencias y de tener que vivir con lo justo fue una niña feliz. Nunca aprendió a leer ni a escribir, ya que el Convento exigía unas sumas de dinero imposibles para Lena, pero Teresa era una niña inquieta y curiosa que aprendía y maduraba al tiempo que iba creciendo inmersa en una relación directa y armónica con la naturaleza.

Muy distinta fue la infancia de Juan, llena de cuidados y lujos aunque siempre condicionado por su delicada salud. Nació por sorpresa y su parto fue difícil. Su madre, la reina, ya tenía veintisiete años y su enorme actividad la había privado del descanso y de los cuidados adecuados que tan ilustre parturienta hubiera merecido. Lo cierto fue que Juan vino al mundo en un gran salón de los reales alcázares de Sevilla de manos de la partera más famosa de la ciudad: “la herradera” . Su apodo se debía a que su marido era un herrero propietario de una fragua en la calle feria. Desde allí hasta los palacios fue arrastrada “la herradera” para asistir durante el parto.

Juan tenía la mente ansiosa y deseaba conocer la tierra de la que algún día sería rey, así que bajo la tutela del obispo Diego de Deza se dispuso con su séquito itinerante a recorrer la geografía de un país en ciernes. Esto lo llevó camino al norte y a ser nombrado Gobernador de Salamanca a pesar de su juventud. Un buen día, habiendo pasado dos noches en León por motivos imperiales salieron de caza en expedición de varios días que los llevarían a recorrer los antíguos campos astures de Langreo, Mieres, etc. Y fue así que en el lance de una cabalgada se acercaron al alto en el que la viuda Lena habitaba y pidieron agua para saciar su sed. Teresina, que ya contaba con dieciseis privamaveras por dieciocho de Juan, acudió en ayuda de su madre a llevar agua a los caballeros. Fue entonces cuando Juan y Teresa se vieron, se miraron y el mundo entero les dió un vuelco. Nunca antes habían experimentado un sentimiento semejante y ambos jóvenes se entregaron uno a otro siempre de forma clandestina y fervorosa. El esplendor en la hierba y la magia desconocida de un amor irrefrenable hizo que a los cuatro meses Teresina tuviese su primera falta. La indignación, la maldición y la ira de su madre llegó hasta más allá de la la llanura del sur:

– Yo sabía, yo sabía que esto pasaría. ¿Qué te has creído tú niña? ¿Tú sabes lo que estás haciendo? ¿Acaso sabes de quién eres fulana?

– ¡Pero madre yo lo amo!

– ¡Tú no sabes lo que es amar! Maldita seas. Por una mala noche dejaste de ser casada. ¡En fuego te quemes, niña!

Juan no abandonó a Teresina, como él la llamaba. Estuvo junto a ella y cada vez más a ojos de todo el mundo su amor fue conocido y se escribieron los más bellos romances cantados por los juglares en las plazas de los pueblos norteños. Durante aquellos meses su amor fue el símbolo de una edad, de una época en la que los sentimientos humanos eran la medida de todas las cosas bellas y feas del mundo.

Sin embargo al igual que Dios expulsara a sus hijos del Paraíso tambien decidió desde el valle de Josafat que durante el séptimo mes de embarazo de Teresa el príncipe Juan cayera enfermo. Teresina en su inocencia no lo podía creer. Era la persona más feliz del mundo y de repente Dios los maldecía. El obispo don Diego, siempre fiel y leal al príncipe Juan lo trasladó a Salamanca y mandó llamar a los mejores médicos de España pero ya no quedaban judíos, que eran los más aptos en este arte. Todos ellos examinaron a Juan y crearon el desconcierto por la disparidad de sus diagnósticos: “Unos dicen que se muere, otros dicen que no es nada” explicaba el obispo a Teresa. El último de ellos tras examinarlo lentamente se fue a un rincón y estuvo un breve instante en silencio hasta que don Diego lo interpeló:

¿Qué mira buen doctor, que tanto mira y calla?

Le digo don Diego… que disponga de su alma. Tres horas tiene de vida y hora y media ya viene andada. Hora y media le queda para disponer de su alma.

Ante un diagnóstico tan fatal don Diego mandó llamar a los reyes para que pudieran acompañar a su hijo de apenas diecinueve años en tan desgraciados momentos. Juan apretó la mano de su padre e hizo ademán de querer decirle algo al oído.

– Padre…Teresa está embarazada. Ni siquiera capaz fuí de darle gran cosa; nuestro amor de tan verdad no pudo ser Real y solo de oro un anillo le pude dar. Pero de lo que de verdad le dí por favor padre…no le quitéis nada.

– Hijo mío. Si tú le diste un de oro, yo le daré un de plata.  Si trae al mundo a un varón será Príncipe de España pero si trae a una niña será monja en Santa Clara. .

Aquella mañana Teresina acudió a Santo Domingo de Ledesma, muy cerca de Salamanca, a oir misa en la iglesia de Santa Clara y rezar por la salud de su amado y padre de la criatura que vivía en su vientre. Volvía reluciente, animada y confiada en que todo se arreglaría y Juan saldría pronto de la cama. Poco le importaba a ella el Infantado, el reino y su posible noble vida junto al Príncipe. Cuando llegó a los aposentos del Príncipe en los que gracias al obispo don Diego podía entrar, Juan la tomó de la mano y le comunicó sin rodeos el triste final que le deparaba. De repente Teresa sintió que las fuerzas la abandonaban y cayó al suelo. No podía ver ni oir. Solo la culpa divina en nombre de Dios Padre y la voz de Lena sonaban mareante en su cabeza: “En fuego te quemes niña, en fuego seas quemada”.

Cayó inconsciente Teresina embarazada y en cama hubo que atenderla. Tomada por la fiebre y  la pena quiso la providencia que no volviera a levantarse ni siquiera para dar el último adiós a Juan. El Príncipe moría a la medianoche y Teresina lo hacía a la mañana.

Un niño muerto le sacaron a Teresa y por orden del siempre leal Diego de Deza lo pusieron entre su padre y su madre. Yacieron los tres juntos en un ataud de plata.

Y aquí se acaba la historia de Teresina enamorada.

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La temática de La Muerte Ocultada y de Los Amantes del Alma es una de las más recurrentes en los romanceros medievales de Europa. De este concretamente existen múltiples variantes y versiones adaptadas por todas las regiones y los pueblos de España desde vasconas a de sefardíes emigrados a Marruecos.

El Príncipe Juan (1478-1497), hijo de los Reyes Católicos Fernando e Isabel, estaba llamado a gobernar el naciente reino de España, las Américas y el Imperio.

Tres siglos despues de su muerte la tumba del Príncipe Juan fue profanada por los franceses durante la Guerra de la Independencia y sus restos se perdieron.

Sepulcro del Príncipe Juan. Monasterio de Santo Tomás.Ávila.

Una libre adaptación del Romance. Lucas XV: “Teresina”

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12 pensamientos en “Teresina y el Príncipe de España

  1. Paca Experience dice:

    Precioso el post.

    ¿Está chulo el disco de la Nacha?

    • Muchísimas gracias Braulio.
      Respecto a la canción es una libre adaptación de Lucas 15, un proyecto de Nacho Vegas con Xel Pereda en el que adaptan viejos romances e historias. Cantan en bable y demás. A mí me parece una preciosidad el disco.

  2. Anónimo dice:

    el disco de nacho con xel es impresionante,la historia es delirante,lo he escuchado
    infinidad de veces.. interesante el post erra.
    mclain

  3. juanito dice:

    !!! OH !!!, precioso romance este de TERESINA Y JUAN, sensible, bello y romantico. Magno eres Alejandro, digno hijo de quien eres……….juanito

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