Todo lo que sobra

“El pueblo no debería temer a los gobernantes. Son los gobernantes los que deberían temer al pueblo”  Alan Moore, V de Vendetta.

Cuando Marx hablaba de las Cortes de Cádiz de 1812 ya distinguía “un país con ideas pero sin acción  y otro país con acción pero sin ideas”. Por aquel entonces, al igual que hoy día casi, los políticos tan solo se representaban a ellos mismos.

Damocles quiso ser rey; no sabía que había una espada pendiente de su cabeza. Al menor desliz, al menor error, la espada caería sobre su cabeza. Esto pasaba en Siracusa hace dos mil seiscientos años. Hoy en lugar de espadas sobre sus cabezas tienen comités de investigación a modo de coros rocieros. Y los demás ni ideas ni acción.  “Aquí sobran Damocles y faltan espadas sin hilos de los que pendan” dicen muchos.

Es todo lo que sobra. La Historia es de la gente:

“Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como la de las madréporas suboceánicas echa las bases sobre que se alzan los islotes de la historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido; sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles, y monumentos, y piedras.

Los que viven en el mundo, en la historia, atados al “presente momento histórico”, peloteados por las olas en la superficie del mar donde se agitan náufragos, éstos no creen más que en las tempestades y los cataclismos seguidos de calmas, éstos creen que puede interrumpirse y reanudarse la vida. Se ha hablado mucho de una reanudación histórica (…), y lo que se reanudó en parte fue que la historia brota de la no historia, que las olas son olas del mar quieto y eterno. Lo que reanudó la historia fueron los millones de hombres que siguieron haciendo lo mismo que antes (…), aquellos millones para los cuales fue el mismo sol después que el de antes, las mismas sus labores, los mismos los cantares con que siguieron el surco de la arada. Y no reanudaron en realidad nada, porque nada se había roto”.    Miguel de Unamuno, En torno al casticismo.

Richard Westall “La espada de Damocles”. 1812.

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