Desde Algeciras a Estambul…

“La luz es más grande que la tierra, la tierra es más grande que el hombre y nunca jamás puede hacer pie el hombre, hasta que no respira hacia la patria, regresando a la tierra, terrenalmente retornando a la luz, recibiendo terrenalmente la luz sobre la tierra, recibido por la luz solo a través de ella, tierra que se torna luz.”  Hermann Broch “La muerte de Virgilio

En un sueño marino atemporal ocurrían todos estos sucesos protagonizados por aquellos que brillaron en el amanecer de los tiempos.

Solo recuerdo que se rompió la vela al amanecer y atracó en Ampurias. Aparcamos el coche en San Martin pero en realidad yo habría varado mi barco en el puerto foceo, muy cerca del pueblo. Desde allí veía y olía las mercancías que traían procedentes de la otra orilla del mar, allá por el golfo de Esmirna. Era respirar, cerrar los ojos y sentir a los jonios llegando mientras yo me inmiscuía en los sacos de mirra y azufre que vendían y traficaban allí  donde se daba cita gente de todos los lugares.

Decidí adentrarme en unos de los buques junto al mercader filisteo que ya entonces me hablaba de su tierra, de sus encantos y de las mujeres de su Philistiea aunque yo la conocía como Palestina. Nunca pude visitarlo mientras estaba allí y la pensaba. Ya nos asomábamos a las puertas de Sicilia pero de repente me encontré solo entre hombres que se mataban entre ellos, de modo que por unos que se decían romanos y otros a los que llamaban tunissios o cartagineses tuve que saltar del barco y correr todo lo que pude llegando y penetrando por toda la Campania hasta llegar a la Nueva Ciudad o Nueva Polis, que yo conocía como Nápoles. Allí siempre era media tarde, siempre había un Sol que no se terminaba de esconder y muy cerca de la ciudad con la bahía más hermosa reposaba el Vesubio que aún no se había enfadado y aguardaba vigilante mientras cuidaba de los campos fértiles.

Todavía no lo había encontrado; pensé en aquella frase de “Dentro del Laberinto”, aquella que decía que a veces para avanzar el mejor camino era retroceder. Entre eso y que me daba un poco de miedo enfrentarme con los demonios, logré encaramarme en la tripulación que comandaba el almirante Baba Aruj que yo aún no conocía como Barbarroja. Junto a él reposé por Trípoli todas las preguntas que tenía hacer a lo largo de mi viaje, y mientras me lanzaba de lleno sobre sus aguas iba entendiendo el secreto del mar, ese que estando en medio de las tierras iba condicionando y observando todo lo que alrededor de él sucedía. Como en la vida misma lo importante era el medio y no dejarse llevar por las apariencias. Todo era pura representación, un ritual iniciático como el que pude vivir danzando con los derviches en Palmira, ¡Oh! Palmira, recuerdo de Zenobia y paraiso en el desierto mientras comíamos dátiles bajo el Sol y las palmeras, donde pasé semanas en caravanas y los sabios me enseñaron a vivir en el río.

Tuve que gastar la vida en Argel siendo pirata para poder mirar de frente y observar que al fondo del mar estaban los honderos, esos valientes baleares que ayudaban al cartaginés. Quise ser uno de ellos, asi que embarqué y puse pies en Palma de Mallorca con la sorpresa de olvidar rápido mi bélica vocación al conocer a Ramón Llul. Fue indescriptible aquella experiencia. Recuerdo que gestaba una nueva lengua que más tarde sería el catalán pero más aún marcó mi vida que me enseñara aquella maravillosa flor de lis con la que coronaba la rosa de los vientos sabiendo así que quería seguir navegando por los campos inicuos del tiempo.

No recuerdo exactamente cómo me ví envuelto en aquello. Fueron días vertiginosos pero me llevaban preso al puerto de Acre. Encontré a todos envilecidos por el deseo de imposición, que en realidad no era más que la vieja historia de la avaricia. Todos querían ser ricos. En el trayecto  paramos en  Venosa,  así que tuve la oportunidad y la suerte de conocer en su ciudad natal al joven Horacio, que en tales horas tuvo el acierto, la grandeza y la genialidad de recitarme aquello de:

“Dichoso aquél que lejos de los negocios, como la antigua raza de los hombres,
dedica su tiempo a trabajar los campos paternos con los bueyes,
libre de toda deuda,
y no se despierta como los soldados con el toque de diana amenazador,
ni tiene miedo a los ataques del mar,
que evita el foro y los soberbios palacios
de los ciudadanos poderosos”

Me sirvió. Asumí la noche con empaque en Rodas, esa isla en la que los caballeros sanjuanistas habían hecho su cuartel general. Pude afrontar mi condición de preso en San Juan de Acre de otra forma, porque allí se estaba dando cita la última de las invasiones de los bárbaros del norte contra la civilización del sur. Lo llamaban Cruzadas, pero en realidad todo el mundo sabía lo que era, porque al pasar la adolescencia vital la cortina empezaba a correrse; el velo de Isis, los misterios que desde Delfos a Itaca pudiera estudiar me servirían para toda la vida aun apagados.

Yo ya estaba mirando a occidente; veía y sentía que estaba muy cerca. Hacía tiempo que me habían soltado, había cumplido mi condena con creces y en poco tiempo los omeyas decidieron que era el momento de conocerla. Prácticamente en una barquichuela llegamos a Lesbos. El camino escarpado fue un duro obstáculo pero el resultado mereció la pena. Allí, en aquella isla, en el pequeño pueblo estaba ella, allí vivía Safo. Conversar una tarde fue como acercarme a los orantes de Atenea. Ella la amaba y me contó que lo que habia sucedido hacía siglos era en realidad la primera guerra mundial, pero que como siempre los “medios de comunicación históricos” lo disfrazarían todo de una sencilla historia de amor: aqueos, hititas, egipcios, troyanos….los grandes imperios peleando por el control estratégico de un espacio de gran potencial económico. Todo me sonaba demasiado y lo querían disfrazar de Paris y Helena enamorados. Me recitó su himno, el de Atenea,  me habló a corazón abierto del amor y al marcharme le dije que jamás la olvidaría, que ella que amaba de verdad, habría de dar nombre al amor entre mujeres y por eso su isla, Lesbos,  hizo honor a tal grandeza.

Andaba un poco perdido. Por una parte quería navegar pero por otra lo real iba teniendo cada vez más presencia y tampoco me impedía seguir acuchillando mares con la proa. Así que llegó el día, estaba escrito. Al llegar a Alejandría, que fue mi faro, conocí a Kavafis y con todas mis dudas me apuñaló la razón con sus palabras, a mí que andaba buscando mi ciudad. Me miró fijamente y me enseñó:

Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado y muere mi corazón lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos sólo veo las oscuras ruinas de mi vida y los muchos años que aquí pasé o destruí”.

No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

Allí en la tierra de Keops, de Baibars, de los fatimíes, donde Osiris murió y renació, donde Amón dictaba los destinos aprehendí de verdad todo lo anterior y supe que el mayor temor de los hombres es en realidad enfrentarse con uno mismo, desnudo, aceptándose, asumiéndose y asimilándose, con sus virtudes y sus enormes limitaciones.

Cuando pasaron los años y miraba al infinito crucé el cuerno de oro y por fin la ví. Había llegado a Hagia Sofía, aquella que vivía por los siglos de los siglos guardando el conocimiento de Bizancio, de Constantinopla, de Estambul…qué más daría el nombre que le dieran a esa joya. Dentro del templo me detuve y bajo su cúpula, como la vida misma, como la Historia misma, un cuerpo circular sobre una superficie cuadrada. ¿Cómo adaptarlo? Igual que el vivir. Pero ya entonces sabía que las pechinas bizantinas servirían de nexo entre la mente y el corazón. Sabía que eran ellas las que ayudarían a vivir, porque tanto como quise que el mundo se adaptara a mí tendría yo que adaptarme al mundo. Así que miré al oeste, a la tierra del rio Hiber que yo conocía como Ebro y que daba nombre a toda la península y supe que yo pertenecía a ella y podía pertenecer a cualquier parte pero siempre partiendo desde ella. Al llegar me adentré en la tierra, en la meseta, donde la mística y lanera Castilla encuentra su razón de ser y antes de caminar hacia el sur Fray Luis de León me paró y, viviendo plenamente una Vida Retirada, me dijo mirándome a los ojos con extrañeza y convicción:

 ¡Qué descansada vida,
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
 
….Así que arrancamos el coche desde San Martín y habiendo muerto en Finisterre y habiendo nacido a orillas del rio que bañaba Tartesos, contradije a Neruda con aquello de “todo en tí fue naufragio” y pude vivir feliz mirando hacia él. Y cuando me preguntaban por qué o para qué, la respuesta siempre era la misma: “Para que pinte de azul mis largas noches de invierno”.
 
PUERTO DE NÁPOLES Y EL VESUBIO.

PUERTO DE NÁPOLES Y EL VESUBIO.

SAFO DE LESBOS

SAFO DE LESBOS

ORÁCULO DE DELFOS

ORÁCULO DE DELFOS

HAGIA SOPHIA. SANTA SOFIA.

HAGIA SOPHIA. SANTA SOFIA.

TEATRO DE PALMIRA

TEATRO DE PALMIRA

EMPORIO. AMPURIAS

EMPORIO. AMPURIAS

MAR MEDITERRANEO

MAR MEDITERRANEO

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3 pensamientos en “Desde Algeciras a Estambul…

  1. Muy bien escogidas y engarzadas las citas en en texto. La de Hermann Broch es particularmente “luminosa” y reveladora.

  2. […] si algo me siento es profundamente mediterráneo. (Ver entrada en mi blog https://nibaterianicobertura.wordpress.com/2012/12/20/desde-algeciras-a-estambul/). Quería recorrer los caminos desde Hasaka hasta Alepo, desde Hama a Damasco y de Daraa a Sueida. […]

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