Romanos en China

“Díjoles Craso con altanería que en Seleucia les daría la respuesta, y el más anciano de los embajadores, llamado Vagises, echándose a reír y mostrando la palma de la mano: “Aquí ¡oh Craso!- le dijo- nacerá pelo antes que tú veas a Seleucia” – Plutarco. Vidas Paralelas.

El joven centurión  Cayo Milvio se encuentra cansado, sucio, sin fuerzas y encadenado pero debe seguir el trayecto al que lo someten sus vencedores. Él y sus más de cuarenta mil compañeros que expanden y defienden Roma han sido derrotados por los partos en Carrhae , un enclave estratégico desde tiempos inmemoriales por su poderío comercial situado entre Nínive, Damasco y Karkemish; casi donde las cabeceras del Tigris y el Eúfrates se abrazan,  plena ruta de la seda,  allí donde oriente y occidente se dan la mano y se enriquecen el uno al otro.

En el año 53 a.C. y tras la caída del dictador Sila,  la república romana se ampara en el primer triunvirato político de la Historia que compondrán los cónsules Pompeyo, Craso y Julio César. A pesar de sus carreras y méritos todos necesitan ver aumentados sus honores y glorias de modo que Pompeyo vencerá en Hispania, César hará lo propio en la Galia y Craso, gobernador de Siria,  centrará su actividad tras acabar con Espartaco en la parte oriental de las tierras dominadas por Roma. No contaba sin embargo este último con la mala jugada que el destino iba a depararle. No escuchó a Cicerón cuando llamó “nulla causa” a su intentona de  adquirir gloria y nuevas arcas con las que saciar su sed personal mediante una guerra injustificada. No evaluó que el rival, a pesar de sus disputas internas, se proclamaba heredero de Ciro y los aqueménidas ni que aún conservaran atisbos del legendario orgullo persa que hipnotizara al mismísimo Alejandro.

orodes II, rey de Partia

Orodes II, rey de Partia

El ejército romano fue aplastado por los partos. Miles de soldados fueron muertos y otros tantos miles hechos prisioneros. En cuanto a Craso, su cabeza y sus manos fueron expuestas en la corte de Orodes II,  rey del gran Irán que se extendía desde Siria hasta las puertas del reino celeste.

Cayo Milvio era uno de los miles de prisioneros, uno de esos legionarios que llevaba tres años y dos meses sin ver a su familia para la que la única fuente de sustento era que él clavara siempre la última espada. Esta vez no fue así. Milvio y sus hombres fueron llevados a pie al extremo oriental del imperio parto, a la región de Bactria; el norte del actual Afganistán y pleno corazón de Asia. Allí establecieron su morada siendo utilizados como guarnición fronteriza para defender al imperio parto de los ataques y el pillaje de los pueblos extranjeros nororientales que serían precedentes de los hunos.

Mientras esto sucede, ya muerto Craso, los supervivientes del Triunvirato,  Pompeyo y Cesar, se disputan la victoria en la guerra civil que acabará con la república. Nadie se acuerda de los miles de prisioneros romanos que luchan en el fin del mundo por defender a su verdugo.

Al este del este

Cayo Milvio pensaba en lo que debió sentir Prometeo cuando fue encadenado en la roca cerca de donde él estaba ahora y Zeus mandaba un águila para que se comiera su hígado. Así se sentía él. No podía pensar en los héroes macedonios, solo sentía el abandono, la soledad y la desesperación colindante a la locura. Un buen día bajó a por agua al riachuelo más cercano y vió acercarse desde la otra orilla a una comitiva de personas que parecían engendros sacados de una pesadilla. Eran bajitos, sin nariz, vestían ropajes de colores y suaves. Todos se acercaron a él y lo rodearon. Decían que venían del reino celeste. Milvio ya llevaba cinco años en aquella región y había oído hablar del gran Cathay, un reino legendario al este del este que se extendía hasta más allá de lo que un hombre pudiera recorrer en mil vidas. Milvio cedió ante ellos, pero las buenas intenciones iniciales se esfumaron conforme el acero hizo acto de presencia. En apenas dos días más de tres mil ya veteranos romanos fueron nuevamente encadenados y conducidos al norte de China. Les llamaban narigudos y se sentían atraídos por su tácticas militares, sobre todo la formación en tostudo o tortuga. Y allí, bajo las sombras de la jovencísima gran muralla los veteranos romanos defenderían espada con espada a un nuevo verdugo, esta vez, de los mongoles.

Cayo Milvio y sus hombres jamás regresaron a sus hogares. Murieron al otro lado del mundo en el barro de un reino de ensueño. Mientras tanto la república romana entonaba su canto del cisne para dar paso al imperio.

Fotograma de "Acantilado Rojo" ambientada en el final de la época Han

Fotograma de “Acantilado Rojo” ambientada en el final de la época Han.

En esta época, el Imperio Romano y el Imperio Han de China son los mayores del mundo. Ambos conocen su existencia pero no tienen relaciones directas. A casi siete mil kilómetros de distancia la ruta de la seda y los pueblos intermediarios son los únicos que logran crear un puente asiático entre oriente y occidente.

La zona del Gobi que defendieron los hombre de Cayo Milvio se conoció en China como Li-Jien, cuya sonoridad recuerda a “Legión”. Con la reforma administrativa confuciana se renombró como Jie-lu, que significa “cautivos”.

IMPERIO ROMANO E IMPERIO HAN. SIGLO I d.C.

IMPERIO ROMANO E IMPERIO HAN. SIGLO I d.C.

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3 pensamientos en “Romanos en China

  1. Tu recreación histórico-literaria me parece una aplicación práctica del libro de historia que acabo de leer: “El Cercano Oriente” de Isaac Asimov 🙂

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