WATERLOO SUNSET

“Mi alma era demasiado activa para dejarme aficionar a los pasatiempos ordinarios. Sin negarme del todo, necesitaba, para interesarme, otros objetos. Este gusto me dejaba en una soledad continua, ocupado únicamente en mis pensamientos: manera de existir que he conservado después en todas las situaciones de mi vida.”  Napoleón Bonaparte. Manuscrito de Memorias de la isla de Santa Elena.

Tiene la puesta de sol en Waterloo un olor a nostalgia y a decepción, a candelabro apagado y a rancio empeño. Resulta una sensación contradictoria la de pasear por los campos cercanos donde el hombre más importante de los últimos trescientos años hubo de claudicar su idea de renovación, de luces, de futuro y grandeza.

Porque siempre que se habla de Napoleón se saca a relucir obviamente su categoría militar formando podium histórico junto a César y Alejandro, su megalomanía y ansia de poder, su liderazgo y su carácter, pero son pocas las que se habla de su humanismo, su filosofía, su concepción del mundo, su pasión por las matemáticas y sus referentes histórico-filosóficos.

Después de innumerables coaliciones entre los países monárquicos y defensores del Antiguo Régimen contra la Francia Napoleónica y de que el corso haya ido venciéndolas una tras otra, tendría lugar a apenas treinta kilómetros de Bruselas la batalla que pondría fin al sueño y al primer ciclo revolucionario decimonónico, base de nuestra sociedad actual.

La Historia en manos temblorosas.

El 16 de junio de 1815 la Gran Armée vence a las fuerzas prusianas en Ligny pero no las aniquila. No hay tiempo que perder; la presión es máxima y es necesario poner rumbo urgente hacia Waterloo, donde el ejército inglés se atrinchera liderado por “un segunda fila” llamado Wellington.

Napoleón envía un tercio de su ejército a perseguir a los prusianos para asegurar su aniquilación, mientras los dos tercios restantes se emplazan en Waterloo donde una lluvia incesante amenaza que se lleve a cabo la propia batalla.

Para perseguir a los prusianos Napoleón ordena el mando al mariscal Grouchy, un hombre fiel al emperador y muy experimentado pero absolutamente exento de liderazgo, épica y mito que engrandezca su figura.

La orden es clara: perseguir a los prusianos evitando a toda costa que se unan a los ingleses. En todo momento su destacamento debe permanecer en contacto con el grueso del ejército.

Grouchy jamás encontraría al ejército prusiano, que lo burló y se unió a los ingleses. Ante la insistencia de sus generales de cesar la búsqueda y reunirse con Napoleón ante la inminente batalla, Grouchy, que jamás había tomado una decisión de forma independiente rehusó nervioso esta idea ciñéndose a la orden encomendada.

Las fuerzas francesas, muy mermadas y exentas de los grandes mariscales napoleónicos gloriosos lucharon hasta la extenuación contra los ingleses con ataques frontales de infantería, caballería y artillería. A punto de sucumbir el ejército inglés se vislumbra en la lejanía del bosque una mancha oscura que se acerca: el ejército prusiano en ayuda de Wellington. Grouchy llegaría a Waterloo un día después, cuando ya no había nada por lo que luchar.

La Historia Militar coincide en que la batalla de Waterloo fue de todo menos grandiosa; más parecida a una escaramuza masiva en un ambiente de lluvia, humedad, frío y barro. Miles de hombres muertos entre fango y heces de caballo tras casi dos dias sin dormir. Sin embargo, teniendo en cuenta que desde entonces la publicad y la propaganda de occidente la comanda el mundo anglosajón, se ha creado en la conciencia colectiva una verdad asumida y asimilada de que Waterloo es el fin del “ogro francés” (como lo describiera el mismo Tolstoi en su monumental Guerra y Paz), la gran victoria del hasta entonces don nadie Wellington contra Napoleón Bonaparte, algo profundamente erróneo ya que fueron los ejércitos prusianos los que determinaron la batalla. Bastante fetichismo británico que duró hasta la primera guerra mundial tras la cual no vendía muy bien contar que gracias a la ayuda de prusianos (alemanes) y de otros muchos lograron vencer a Francia

Grouchy era un personaje mediocre que tuvo la llave de la Historia en sus manos un segundo. Escribe con su maestría habitual Stefan Zweig: “En contadísimas ocasiones a lo largo de todos los tiempos el destino, llevado por un peregrino humor se echa a los pies de algún indolente. A veces el hilo de la fatalidad cae durante una fracción de segundo en unas manos por completo incompetentes. Ante el embate de la responsabilidad que les introduce de lleno en el heroico juego de fuerzas cósmicas, tales hombres, más que afortunados, se sienten estremecidos y casi siempre dejan que el destino que se les ha caído encima se les escape entre las manos temblorosas”

(Y a mí que me da por pensar en lo terríblemente aplicables que son estas palabras a los tiempos actuales…)

 Con Waterloo se cierra el ciclo napoleónico en Europa dando pie a una proceso de restauración de estructuras tradicionales, mas la semilla de la Revolución Francesa y de Bonaparte no habría hecho más que empezar a florecer. Desde entonces la rueda del destino tomó la dirección que desde la Bastilla hasta Santa Elena habría de fijarse inexorablemente: la modernidad.

Y como la grandeza no tiende de géneros ni artes, qué mejor forma de terminar este post con esta canción. Estoy seguro de que a Napoleón tambien le hubiera gustado la música de The Kinks. Entre grandes se entienden.

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2 pensamientos en “WATERLOO SUNSET

  1. ramrock dice:

    ¡¡¡¡¡¡Hoooooooooooooombreeeeeeeeeee….THE KINKS!!!!!!

    A Napoleon quizás le hubiera gustado mas “Down by the Riverside”, suena increiblemente francés.

    Salud.

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