Fabio y Cristina

Hacía ya tiempo que Fabio y Cristina habían roto su relación. No fue fácil. Primero fue la clásica excusa de la supuesta complejidad que suele escudar complejos, avatares del tiempo, de la distancia de intereses y un sinfín que no por ser menos frecuentes resultan menos dolorosos.

Siempre solían hablar de ellos mismos y de su relación como si de una playa se tratase: las subidas y bajadas de la marea, la arena a ratos mojadas y a ratos seca pero siempre habitada y transitada por un fluir de pensamientos, de intereses  y de “ganas de”.

Lo cierto fue que para cuando abandonaron la playa en realidad esta ya llevaba tiempo vacía y como siempre ocurrió y ocurrirá cuando se rompe una relación existen dos roles que cumplir: el de la persona que deja y el de la persona que es dejada. Sin embargo en este caso, aunque vendían el crepúsculo amoroso como de mutuo acuerdo lo cierto era que Cristina fue la que determinó que aquello debía acabar. Fabio tuvo pocas opciones de rebatir porque en el fondo del asunto también sabía que aquello no tenía futuro. Desde su casa ubicada al borde de un acantilado veía la playa vacía y embarrada, llena de lluvia.

Cristina tomó la última palabra. Ella decidió el final y sin embargo no terminaba de concienciarse de ello. Fabio sufría pero intentaba construirse un esquema y aceptar que debía mirar hacía otro lado pero ella provocaba de su día a día un ni contigo ni sin tí que hacía tambalear a Fabio y por ende a ella misma. A pesar de que ella fue quien vació la playa seguía caminando sin ropa y sin paraguas y Fabio la veía, la sentía y la sufría.

“No sé qué esperas haciendo eso. Lo matas pero no lo dejas morir. ¿Qué quieres? ¿Que me quede contigo y que terminemos embobados con la luna y creyendo ver platillos volantes? ¿ Vivir en un mundo paralelo en el que permanezcamos inertes? Lo nuestro o es o no es. No puede haber un estado sentimental stand by. No podemos refugiarnos en una invención voluntaria”. Estas eran reflexiones que Fabio se hacía en voz alta desde la ventana de su casa. Digamos que había construido un muro, una especie de abrigo que lo protegía de cualquier supuesta invasión exterior. Se sentía débil, frágil, había sido golpeado y en el mundo hay un millón de cosas a las que asirte para fabricarte excusas que te protejan de vivir. Pero bueno, al fin de al cabo era su período de duelo, era normal. Suponía que no siempre sería así.

Un martes, un jueves, un domingo Cristina llamaba a Fabio por teléfono para pedirle consejo. Quería conocer su opinión sobre la decisión que había tomado y también de paso hablar por enésima vez de las razones y motivos que a ella le parecían que hacían del corazón de Fabio un icebird. “Ya es muy duro todo esto. Dejemos que corra el aire y que pase el tiempo. No deberíamos vernos más. Ahora mismo lamentáblemente sólo podemos hacernos daño”.

Pero claro no era tan fácil. El comportamiento de Cristina hacía resquebrajaba sus pilares y debía convencerse día y noche de no sucumbir a ella, de no bajar la guardia y quitarse el abrigo que tanto le había costado ponerse. Día y noche, noche y día se torturaba con lo que debía hacer. Lo tenía claro y a pesar de todo era un clavo ardiendo en el pecho.

El rol de Cristina era contradictorio, clásico por otra parte y común.  Después de Fabio había tenido algunas relaciones breves que él había sufrido en silencio. Aunque ella terminó con su historia y tuvo los arrestos para demostrar decisión y convencimiento, a menudo decía sentirse decepcionada porque Fabio no hubiera mostrado el menor síntoma de querer paliar la situación dando un vuelco a un barco a la deriva. Ella siempre hablaba de él como de un cobarde, temoroso y falto de miras y madurez para ello. Eso provocaba mucha ira y rencor en Fabio a la vez  suspiraba por ella en momentos de debilidad idealizando su relación hasta los límites volviendo en sí minutos después convencido de que no era cierto eso que estaba pensando; era la típica mala jugada de la conciencia que te hacía buscar protección y confort en situaciones pasadas.

Un lluvioso sábado por la noche Fabio se encontraba sentado en la mesa de un bar tomando unas copas con amigos. Cristina entró empapada y quiso sentarse junto a él. Se mostró iracunda, altiva a la vez que humillada, vacilante a la vez que decidida. Fabio dio un golpe con la copa en la mesa, se levantó y gritó: “¡¡Yo rompí todas tus fotos pero tú no dejas de llamarme!!. ¡¡¿Quién es el que no tiene valor para marcharse?!! ¡¡¿Quién no tiene valor?!! ¡¡¿Quién es la cobarde que prefiere quedarse y aguantar?!!”

Cristina salió del bar llorando. Fabio se quedó en el bar llorando. Ambos vivieron su duelo. No fue bueno pero fue lo mejor.

Me apetecía relatar una de la que a mi juicio es de las mejores y más originales canciones pop en español. Es breve, concisa y clara, no tiene estrofa ni estribillo, es envolvente, sencilla y narra una historia universal con un final infinito y al que nunca se llega; como al horizonte desde la playa, como el final de la historia de Fabio y Cristina.

Cuando Amaro Ferreiro le enseñó esta canción a su hermano Iván este sabía que debía grabarla. Amaro la tocaba en Mi pero Iván la subió a La dándole el empuje y el sentimiento que sólo él podía darle. Adoro esta canción. Turnedo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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