Hay vida en Marte

Como a casi todo, también llegué tarde a Bowie. Creo que tenía dieciséis años cuando escuché The Jean Geanie y he de confesarlo, simplemente me gustó. Sin más. No me pareció ninguna gran maravilla. Fue más tarde cuando conocí el arsenal de canciones memorables que tenía y muchos, muchos años después cuando profundicé en sus etapas musicales y estéticas. Sí, escribo esto porque pocos artistas en este mundo bastardo del rock and roll han sido tan iconoclastas como él. Gigantes son sus discos de la etapa glam, admirable el giro que dió de una música espacial al puro soul americano, pero confieso que tengo debilidad por la trilogía de Berlín y su colaboración con el gran Brian Eno. Para gustos los colores, ¿no? Sin embargo, para mí lo que hace grandioso a David Bowie es precisamente su inconformismo y eclecticismo. La canción que más me gusta es glam (Life on Mars), el período que más admiro el de Berlín (Low – Heroes – Lodger) y la etapa que más respeto es la que comprende sus últimos años desde Hours hasta su triste desaparición (Hours – Heathen – Reality – The Next Day). Podría hacer una lista de 50 canciones absolútamente gigantes, pero cualquier cosa que escriba sobre David Bowie ha sido ya escrito y mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo.

Vivimos en una sociedad que rinde culto al icono, al envase, a la estética y a la juventud. Es así, debemos asumirlo. A veces he hecho el ejercicio de imaginar cómo hubiera sido el mundo de la música pop siendo solo música y nada pop (para mí toda la música popular del siglo XX es música pop en el sentido más warholiano de la palabra) . Imaginar este tipo de música sin el apoyo de la imagen, del televisor, del vídeo, de la portada del disco, del gesto, de la pose. Sólo la música tal y como escuchamos a Mahler, Granados, Beethoven, Mozart, Bach y a ese largo etcétera. ¿Qué quedaría? Sólo la música. No sabríamos si Elvis tiene tupé y patillas, si Chuck Berry corre con la pierna alzada mientras toca la guitarra, si McCartney cruza descalzo un paso de cebra, si Gardel lleva el pelo engominado ni si las rayban son símbolo de poeta del rock. Sólo música y que la música nos llegara exclusívamente vía auditiva. Entonces desaparecería el icono popular de cartón piedra construido por los que necesitan que del concepto “música popular” la dimensión de la primera palabra deba ser igual o más pequeña que la de la segunda. Creo que David Bowie fue el más grande conjugando iconoclastia y música. No creo que diga nada nuevo.

Can you hear me, major Tom?

Yo reconozo que para la estética y la moda soy un poco desastre. Estoy convencido de que tiene su mérito al igual que una gran coreografía y resto de artes escénicas, pero lo cierto es que no me seduce, no me interesa salvo para cumplir unos mínimos. Soy gregario, acepto y asumo mi condición. Me interesan en cambio treinta y cinco segundos. Ese es el tiempo que hace falta escuchando Life on Mars? para darse cuenta de la dimensión de músico que era David Bowie. Un cambio solo al alcance de un genio. Llegar al segundo treinta y cinco y que las mentes y oídos mundanos como el mío creamos que vamos a bajar de nuevo al acorde inicial MI y de repente nos dé el bofetón,  el giro inesperado, el  rugido del genio que comienza a escalar hasta llegar a un estribillo épico y desgarrador.

No existen tierras extrañas. Es el viajero el único que es extraño. Robert Louis Stevenson.

Te preguntabas si había vida en Marte. Por su puesto que la había. Tú eres la prueba. Descansa en paz Ziggy. Tu música no lo hará jamás.

 

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