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Hay vida en Marte

Como a casi todo, también llegué tarde a Bowie. Creo que tenía dieciséis años cuando escuché The Jean Geanie y he de confesarlo, simplemente me gustó. Sin más. No me pareció ninguna gran maravilla. Fue más tarde cuando conocí el arsenal de canciones memorables que tenía y muchos, muchos años después cuando profundicé en sus etapas musicales y estéticas. Sí, escribo esto porque pocos artistas en este mundo bastardo del rock and roll han sido tan iconoclastas como él. Gigantes son sus discos de la etapa glam, admirable el giro que dió de una música espacial al puro soul americano, pero confieso que tengo debilidad por la trilogía de Berlín y su colaboración con el gran Brian Eno. Para gustos los colores, ¿no? Sin embargo, para mí lo que hace grandioso a David Bowie es precisamente su inconformismo y eclecticismo. La canción que más me gusta es glam (Life on Mars), el período que más admiro el de Berlín (Low – Heroes – Lodger) y la etapa que más respeto es la que comprende sus últimos años desde Hours hasta su triste desaparición (Hours – Heathen – Reality – The Next Day). Podría hacer una lista de 50 canciones absolútamente gigantes, pero cualquier cosa que escriba sobre David Bowie ha sido ya escrito y mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo.

Vivimos en una sociedad que rinde culto al icono, al envase, a la estética y a la juventud. Es así, debemos asumirlo. A veces he hecho el ejercicio de imaginar cómo hubiera sido el mundo de la música pop siendo solo música y nada pop (para mí toda la música popular del siglo XX es música pop en el sentido más warholiano de la palabra) . Imaginar este tipo de música sin el apoyo de la imagen, del televisor, del vídeo, de la portada del disco, del gesto, de la pose. Sólo la música tal y como escuchamos a Mahler, Granados, Beethoven, Mozart, Bach y a ese largo etcétera. ¿Qué quedaría? Sólo la música. No sabríamos si Elvis tiene tupé y patillas, si Chuck Berry corre con la pierna alzada mientras toca la guitarra, si McCartney cruza descalzo un paso de cebra, si Gardel lleva el pelo engominado ni si las rayban son símbolo de poeta del rock. Sólo música y que la música nos llegara exclusívamente vía auditiva. Entonces desaparecería el icono popular de cartón piedra construido por los que necesitan que del concepto “música popular” la dimensión de la primera palabra deba ser igual o más pequeña que la de la segunda. Creo que David Bowie fue el más grande conjugando iconoclastia y música. No creo que diga nada nuevo.

Can you hear me, major Tom?

Yo reconozo que para la estética y la moda soy un poco desastre. Estoy convencido de que tiene su mérito al igual que una gran coreografía y resto de artes escénicas, pero lo cierto es que no me seduce, no me interesa salvo para cumplir unos mínimos. Soy gregario, acepto y asumo mi condición. Me interesan en cambio treinta y cinco segundos. Ese es el tiempo que hace falta escuchando Life on Mars? para darse cuenta de la dimensión de músico que era David Bowie. Un cambio solo al alcance de un genio. Llegar al segundo treinta y cinco y que las mentes y oídos mundanos como el mío creamos que vamos a bajar de nuevo al acorde inicial MI y de repente nos dé el bofetón,  el giro inesperado, el  rugido del genio que comienza a escalar hasta llegar a un estribillo épico y desgarrador.

No existen tierras extrañas. Es el viajero el único que es extraño. Robert Louis Stevenson.

Te preguntabas si había vida en Marte. Por su puesto que la había. Tú eres la prueba. Descansa en paz Ziggy. Tu música no lo hará jamás.

 

Fabio y Cristina

Hacía ya tiempo que Fabio y Cristina habían roto su relación. No fue fácil. Primero fue la clásica excusa de la supuesta complejidad que suele escudar complejos, avatares del tiempo, de la distancia de intereses y un sinfín que no por ser menos frecuentes resultan menos dolorosos.

Siempre solían hablar de ellos mismos y de su relación como si de una playa se tratase: las subidas y bajadas de la marea, la arena a ratos mojadas y a ratos seca pero siempre habitada y transitada por un fluir de pensamientos, de intereses  y de “ganas de”.

Lo cierto fue que para cuando abandonaron la playa en realidad esta ya llevaba tiempo vacía y como siempre ocurrió y ocurrirá cuando se rompe una relación existen dos roles que cumplir: el de la persona que deja y el de la persona que es dejada. Sin embargo en este caso, aunque vendían el crepúsculo amoroso como de mutuo acuerdo lo cierto era que Cristina fue la que determinó que aquello debía acabar. Fabio tuvo pocas opciones de rebatir porque en el fondo del asunto también sabía que aquello no tenía futuro. Desde su casa ubicada al borde de un acantilado veía la playa vacía y embarrada, llena de lluvia.

Cristina tomó la última palabra. Ella decidió el final y sin embargo no terminaba de concienciarse de ello. Fabio sufría pero intentaba construirse un esquema y aceptar que debía mirar hacía otro lado pero ella provocaba de su día a día un ni contigo ni sin tí que hacía tambalear a Fabio y por ende a ella misma. A pesar de que ella fue quien vació la playa seguía caminando sin ropa y sin paraguas y Fabio la veía, la sentía y la sufría.

“No sé qué esperas haciendo eso. Lo matas pero no lo dejas morir. ¿Qué quieres? ¿Que me quede contigo y que terminemos embobados con la luna y creyendo ver platillos volantes? ¿ Vivir en un mundo paralelo en el que permanezcamos inertes? Lo nuestro o es o no es. No puede haber un estado sentimental stand by. No podemos refugiarnos en una invención voluntaria”. Estas eran reflexiones que Fabio se hacía en voz alta desde la ventana de su casa. Digamos que había construido un muro, una especie de abrigo que lo protegía de cualquier supuesta invasión exterior. Se sentía débil, frágil, había sido golpeado y en el mundo hay un millón de cosas a las que asirte para fabricarte excusas que te protejan de vivir. Pero bueno, al fin de al cabo era su período de duelo, era normal. Suponía que no siempre sería así.

Un martes, un jueves, un domingo Cristina llamaba a Fabio por teléfono para pedirle consejo. Quería conocer su opinión sobre la decisión que había tomado y también de paso hablar por enésima vez de las razones y motivos que a ella le parecían que hacían del corazón de Fabio un icebird. “Ya es muy duro todo esto. Dejemos que corra el aire y que pase el tiempo. No deberíamos vernos más. Ahora mismo lamentáblemente sólo podemos hacernos daño”.

Pero claro no era tan fácil. El comportamiento de Cristina hacía resquebrajaba sus pilares y debía convencerse día y noche de no sucumbir a ella, de no bajar la guardia y quitarse el abrigo que tanto le había costado ponerse. Día y noche, noche y día se torturaba con lo que debía hacer. Lo tenía claro y a pesar de todo era un clavo ardiendo en el pecho.

El rol de Cristina era contradictorio, clásico por otra parte y común.  Después de Fabio había tenido algunas relaciones breves que él había sufrido en silencio. Aunque ella terminó con su historia y tuvo los arrestos para demostrar decisión y convencimiento, a menudo decía sentirse decepcionada porque Fabio no hubiera mostrado el menor síntoma de querer paliar la situación dando un vuelco a un barco a la deriva. Ella siempre hablaba de él como de un cobarde, temoroso y falto de miras y madurez para ello. Eso provocaba mucha ira y rencor en Fabio a la vez  suspiraba por ella en momentos de debilidad idealizando su relación hasta los límites volviendo en sí minutos después convencido de que no era cierto eso que estaba pensando; era la típica mala jugada de la conciencia que te hacía buscar protección y confort en situaciones pasadas.

Un lluvioso sábado por la noche Fabio se encontraba sentado en la mesa de un bar tomando unas copas con amigos. Cristina entró empapada y quiso sentarse junto a él. Se mostró iracunda, altiva a la vez que humillada, vacilante a la vez que decidida. Fabio dio un golpe con la copa en la mesa, se levantó y gritó: “¡¡Yo rompí todas tus fotos pero tú no dejas de llamarme!!. ¡¡¿Quién es el que no tiene valor para marcharse?!! ¡¡¿Quién no tiene valor?!! ¡¡¿Quién es la cobarde que prefiere quedarse y aguantar?!!”

Cristina salió del bar llorando. Fabio se quedó en el bar llorando. Ambos vivieron su duelo. No fue bueno pero fue lo mejor.

Me apetecía relatar una de la que a mi juicio es de las mejores y más originales canciones pop en español. Es breve, concisa y clara, no tiene estrofa ni estribillo, es envolvente, sencilla y narra una historia universal con un final infinito y al que nunca se llega; como al horizonte desde la playa, como el final de la historia de Fabio y Cristina.

Cuando Amaro Ferreiro le enseñó esta canción a su hermano Iván este sabía que debía grabarla. Amaro la tocaba en Mi pero Iván la subió a La dándole el empuje y el sentimiento que sólo él podía darle. Adoro esta canción. Turnedo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El boxeador

Hay canciones que verdaderamente alcanzan una dimensión poética ya sea por su capacidad musical, su riqueza en los textos o simplemente porque precisamente existe ese sagrado género llamado canción que es el único capaz de crear una conjunción perfecta entre armonía, melodía, literatura y pensamiento.

En ocasiones el ser humano ha sido capaz de comprimir en tal solo unos minutos millones de instantes, de sensaciones y de reflexiones. Es el caso de “El boxeador”, una maravilla que Paul Simon escribió en 1968 y que serviría de adelanto para cruzar su puente sobre aguas turbulentas. ¿Quién no se ha sentido alguna vez este luchador, que a pesar de todo sigue, sigue y sigue adelante?

Simon and Garfunkel: The Boxer.

Solo soy un pobre chico.

Aunque casi nunca se cuenta mi historia, he malgastado mi resistencia por un puñado de murmullos que son las promesas.

Todo mentiras y bromas. Aún así un hombre oye lo que quiere oir e ignora el resto.

Cuando me fui de casa y dejé a mi familia no era más que un niño en compañía de extraños en el silencio de una estación de ferrocarril;

huyendo asustado, sin llamar la atención buscando los barrios más pobres donde van los harapientos;

buscando los lugares que solo ellos conocían…

Pidiendo solo el sueldo mínimo voy buscando un trabajo pero no recibo ofertas.

Tan solo un par de insinuaciones de las putas de la séptima avenida.

Confieso que hubo momentos en los que me sentía tan solo que busqué consuelo ahí…

Ahora los años ruedan por mí sacudiéndome  por igual.

Yo soy mucho más viejo de lo que una vez fuí y más joven de lo que seré…

pero eso no es extraño.

No, no es raro que después de los cambios en los cambios

seamos más o menos los mismos. Después de los cambios  que vivimos,

somos más o menos los mismos.

Estoy organizado mi ropa de invierno deseando estar de camino a casa,

donde los inviernos no me hagan sangrar. Sí..de camino a casa.

En el claro permanece de pie un boxeador. Un luchador profesional

que lleva los recuerdos de cada guante que lo tumbó o lo cortó hasta gritar

en su ira y en su venganza: “me voy, me voy”.

Pero el luchador permanece…aún permanece.

 

Ojalá estuvieras aquí

“Alcanzaste el secreto demasiado pronto. Lloraste por la luna” –  Shine on you crazy diamond.

Desde la época de estudio en aquel conservador y tradicional instituto de Cambridge, tanto Roger como Syd sabían que iniciarían sus estudios de Arte y Arquitectura en Londres.  La capital británica era una ciudad inmersa en un proceso de vertiginiosa mutación por aquellos años. Aunque estaban muy ilusionados con lo que el futuro podía ofrecerles también es cierto que era una época muy convulsa y llena de vías alternativas. Eran postadolescentes repletos de ilusión en un momento en el que la innovación y  la creatividad artística parecían brotar y fluir con la misma facilidad con la que unos dedos neófitos colocaban su primer acorde en el mastil de una guitarra.

Se aburrieron pronto de la Universidad al tiempo que junto a otros dos amigos, Rick y Nick, comenzaron a tocar y ensayar como locos en lo que eran creaciones híbridas entre tradicionales canciones pop, obras de sonoridades complejas y estructuras clásicas de blues. Durante aquellos años era Syd el que marcaba la pauta, era el líder carismático, guapo, creador y excéntrico.  Tocaban por locales y garitos de segunda dentro del ámbito que posteriormente denominaríamos undergound.

Fichados por una multinacional consiguieron grabar un disco que titularon con el pretencioso nombre de:  “El flautista a las puertas del amanecer”. Syd firmaba todas las canciones, las cantaba y las protagonizaba escénicamente. Tanto Roger, Nick y Rick estaban encantados en sus papeles de gregarios musicales. Pero eran años en los que las experiencias lisérgicas podían tanto abrir puertas desconocidas o resucitar fantasmas de vidas anteriores. El ansia por conocer lo desconocido se esclavizó al sueño de la razón que produciría los monstruos de Syd, que poco a poco vio como sus compañeros empezaron a ver en él a un ser extraño y lo que antes era un bohemio excéntrico fue adoptando formas propias de locura esquizoide. Syd se caía al suelo durante las actuaciones, olvidaba los acordes, no acudía a los ensayos y sus supuestas nuevas creaciones eran tan absurdas como cuatro niños gritando por un altavoz.

La situación se había vuelto insufrible e insoportable cuando Roger decidió contactar con su antíguo amigo David, gran guitarrista que a la postre había enseñado a tocar a Syd. Roger propuso a David sustituir a Syd durante las actuaciones en directo. Syd acudiría a los bolos para hacer la estatua y David tocaría las partes de guitarra que Syd no podía tocar. Así cerraron el trato y se mantuvieron durante una época en que la locura de Syd fue en aumento y su aportación a la banda no solo era nula sino destructiva. Roger y David, cada vez más cómplices, se entristecían cada vez que debían compartir escena con un Syd que a sus apenas veintidos años se había convertido en un ser completamente ajeno al brillante compañero y poeta del rock que había sido en sus primeros años. Era ahora una mente desquiciada y demente que escribía en su propia ropa,  cuyas manos temblaban al acercarse a alguien desconocido y con la mirada y la mente atrapadas en sus propios sueños psicotrópicos.

Aquella noche de 1968 la furgoneta que llevaba a Roger, David, Nick y Rick hacia la sala de conciertos en la que debían actuar tenía que pasar de camino por la casa de Syd para recogerlo. Justo antes de entrar en la carretera de Southampton, a escasos metros de la casa Roger dijo al conductor que pasara de largo y siguiera camino a la sala. Aquella noche la historia del grupo cambiaría para siempre y el fluido rosa de su obra alcanzaría cotas no imaginadas jamás ni por ellos mismos.

Pink Floyd, el fluido rosa, grabarían siete discos ascendiendo cada vez más en la escala del éxito y del reconocimiento. Su octavo disco, grabado en la cara oscura de la luna,  los llevaría al status totémico mundial que solo podían disfrutar los Beatles, Dylan y los Stones. Cuando Roger tomó las riendas del grupo y David aportó la cohesión y el sonido, el grupo se convirtió en un gigante del rock progresivo o del también llamado  “blues cósmico floydiano”. Tras estos años imperiales en los que la fama y el dinero parecían cegar por completo a los componentes de la banda Roger y David se sentaron para componer nuevos temas de lo que sería su noveno álbum. No se sentían seducidos por la alta sociedad,  por los críticos aduladores ni por las fortunas que aglutinaban. Ambos pensaron en Syd; en aquel viejo pero joven camarada de viaje que se quedó varado en la carretera a causa de su locura y que ingresaría en el manicomio pocos meses después de que no lo recogieran para tocar en aquella sala de segunda. El álbum, desde la portada hasta el último crédito era para Syd. Sería un homenaje a su antíguo amigo, compañero, diamante loco y genio creador que era Syd Barret y se llamaría simplemente “Wish you were here”  (Ojalá estuvieras aquí”). Desde la portada hasta el último crédito. El álbum era para Syd.

Tras la grabación de la monumental “Shine on you crazy diamond” (Brilla, diamante loco), en la que Roger cantaba a su viejo amigo que “recuerdo cuando eras joven, brillabas como el sol”, comenzaron a grabar la balada de daba nombre al disco, que cantaría David y que a su vez se convertiría en una de las más bellas canciones jamás escritas. En ese momento en el estudio, los cuatro componentes vieron entrar a una persona calva, de unos cien kilos de peso, con las cejas afeitadas y terriblemente deteriorada.  -Dios mío es Syd! – dijo Rick. Viendo que lo habían descubierto Syd salió del estudio rápidamente sin que nadie lo siguiera. Roger quedó llorando un largo rato después de haber visto por última vez a su viejo amigo, y aquella tarde con el grupo destrozado después de haber visto a Syd,  David Gilmour cantó “Wish you were here”.

“Año tras año corriendo siempre el mismo viejo camino..¿ y qué hemos encontrado? Los mismos miedos de siempre. Cómo desería que estuvieras aquí. Ojalá estuvieras aquí”

Syd Barret (1946-206)

Syd Barret (1946-206)

 

Rick, Roger, Nick y David.

Rick, Roger, Nick y David: Pink Floyd

 

 

 

 

 

 

 

 

Pink Floyd. Wish you were here (1975)

 

Asombrado

“Tal vez me sorprende la forma en que me ayudas a cantar mi canción” –

Siempre cuestionado por su literatura, a años luz de su inmensidad musical, el maestro logra a mi humilde entender una de sus mejores composiciones. Con una letra sencilla pero profunda y una melodía apoteósica logra por enésima vez en su carrera una canción grandiosa.

El Genio. El mismo Dylan dice de él que es la única persona en el mundo ante la cual todavía se siente impresionado.

Paul McCartney: “Maybe I’m amazed”, de su disco de debut en solitario titulado simplemente “McCartney”. Año 1970.

Imposible no querer dedicarla a esa persona que nos acompaña siempre.

2+2 = 5

“Está la cosa como pa tirá una colilla encendía”  – H.M. Murdock

Confesando que fuí tardío, que el totémico “O.K. COMPUTER” no me entró a la primera aunque el tiempo se ocupó de meterlo en mi panteón; que realmente me enamoré con el “KID A” y sobre todo aquel año de 2003 en el que un minusvalorado y para mí incomprensiblemente  despreciado “HAIL TO THE THIEF” pasaba sin pena ni gloria por las plumas de la crítica, soy de los que piensan que los de Oxford son la mejor banda británica de los últimos veinte años.

En fin, con la discografía completa de Radiohead sobre mi mesa, escucho esta canción que aún teniendo un destinatario tejano aficionado a bombardear países, sigue prestándose a una lectura terriblemente actual.

Radiohead: “2+2=5”

Corromperse por la belleza. SMASH.

“Imagínate a Bob Dylan en un cuarto, con una botella de Tío Pepe, Diego del Gastor a la guitarra y la Fernanda y la Bernarda de Utrera haciendo compás. Y dile a Bob Dylan que cante sus canciones. ¿Qué le entraría a Bob Dylan por ese cuerpecito?”  – SMASH, “Cosmogonía de la estética de lo borde”.

Mucho antes de que Camarón entrara en “La Leyenda del Tiempo” (1979); antes de que Kiko Veneno y los hermanos Amador murieran de “Veneno” (1975); antes incluso de que Triana jugara en “EL Patio” (1974)  los sevillanos SMASH (1968-1973) serían los primeros en popularizar la fusión de la herencia hippie de los sesenta, el rock progresivo de principios de los setenta y la tradición flamenca de siempre de su tierra natal.

Una banda con Silvio, Gualberto y Manuel Molina….en fin ¿qué se podía esperar?  Creo que ya lo manifesté con Brel: ojalá los hijos artísticos de Smash estuvieran tan solo a unos cuantos años luz de sus padres.

Aunque digan lo contrario, / yo sé bien que esto es la guerra, / puñalaítas de muerte / me darían si pudieran.

SMASH: “El garrotín”

Siempre en mi pensamiento

Aunque fue compuesta originariamente para relanzar la carrera de la cantante country Brenda Lee en 1972, fue Elvis quien hizo que todo el mundo suspirara al oir la canción “Always on my mind”.

Elvis ya era un artista en franca decadencia. Desplazado o dejando paso a lo que llegaba de Gran Bretaña y de la costa oeste de Estados Unidos, lo cierto es que hacía ya años que había  dejado de estar en primera línea de fuego y de prestar interés por las vanguardias. Para muchos adeptos es precisamente esta etapa la más romántica, la que terminará en Las Vegas, en los trajes, en los hoteles y casinos y tambien en los kilos de más, las pastillas y las drogas.

Todos los caminos del mundo blanco llevan a Elvis y no seré yo el que escriba las razones. Lo cierto es que casi retirado del ojo del huracán, aún sin saber quién era Eric Clapton en pleno 1966 Elvis era el hérose de toda la generación de oro. Como una Roma altomedieval, que ni era capital ni era imperial, que era ruinosa pero conservaba su aura eterna y a la que todos miraban como el sueño inalcanzable. Así lo veían, así veían a Elvis.

Y comparaciones histórico-musicales más o menos afortunadas aparte, lo cierto es que Elvis grabó esta sencilla, elemental y preciosa canción tan solo semanas después de su separación de Priscila, su gran amor y madre de su única hija.

Elvis Presley: “Always on my mind”

Como una canción

Con su tercer disco al que daban el explícito título WAR, los irlandeses U2 coronaban la primera etapa de la que sería y es una larga trayectoria. Al adolescente BOY había seguido el cristiano OCTOBER y ahora, en 1983 cerraban la trilogía con el combativo WAR centrado en los conflictos de Irlanda, en la psicosis de la guerra galáctica y de las dos superpotencias.

U2, con Steve Lillywhite en la producción está todavía más cerca del punk-rock de los setenta que de las cotas atmosféricas y experimentales a las que llegaría años después.

En 1983, con apenas 22 años todos sus miembros y con su tercer disco  quitaban el número 1 de las listas británicas al disco “Thriller” de Michael Jackson.

U2: “Like a Song”

La noche que tomaron el viejo Dixie

La brisa húmeda de aquella mañana calaba hasta los huesos y mojaba en sudor el rostro del Oficial Primero. En la Estación de Ferrocarril, donde realizaba su trabajo desde hacía más de veinte años, Virgil Caine se sentía y se sabía importante. Y no solo era alguien importante por ser el cabeza de una familia de cinco miembros, sino por ser el encargado de administrar y gestionar la línea ferroviaria, principal vía de suministro de Richmond (Virginia), a la postre capital de los Estados Confederados del Sur.

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Govinda

Una terrible tormenta, un gran diluvio  que Indra, dios de la lluvia, había hecho caer contra toda la población hizo que el joven Krishna (el oscuro) tuviera que dar protección a todos los hombres y, como vaquero que era , al gran rebaño sagrado de vacas. Al ver tal mastodóntica y misericordiosa acción Indra se postró ante Krishna y le ofreció sumisión.

Así es como Krishna Vasudeva, octavo avatar de Vishnú se convierte  en Govinda, protector de las vacas. A estas tradiciones se sumarán algunas otras para dar lugar a lo que es hoy en día el Krishnaísmo o lo que llamamos en occidente Hare Krishna. Para el Hinduismo Krishna solo es uno de los avatares de Vishnú, sin embargo para el Krishnaísmo, Krishna es el dios supremo.

En la maravillosa novela de Herman Hesse “Siddartha”, Vasudeva es el barquero, el que conduce a través del río de la vida y Govinda el amigo, seguidor y admirador de Siddartha.

Hilando un poco de aquí y un poco de allá…Krishna Govinda aparece junto a su pareja, Radha, en la portada de “K”, disco debut de un grupo que mezcló rock psicodélico y tradición hindú.

Kula Shaker: “Govinda”.

La Carretera del Trueno

Con la ventanilla bajada y el viento de cara el coche avanzaba a una velocidad considerable por la autopista. El paisaje semidesértico solo invitaba a envolver imaginaciones de batallas perdidas en un estado de tristeza. Habían pasado cuatro días de huida, de amor frustrado, de borrachera y de preguntas que habían terminado en un silencio compartido entre amigos con sabor a derrota. Demasiados truenos…

Cuando en la naturaleza se produce un rayo por una serie de causas físicas, los seres humanos solo lo podemos percibir de dos formas: a través de la luz, que sería el relámpago, y a través del sonido, que sería el trueno. La luz (el relámpago)  nos impresiona y el sonido (el trueno) nos asusta.

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Una trilogía cristiana

Con treinta y ocho años era ya todo un veterano de guerra en el mundillo de la música y en la vida. Sigue leyendo

Ne me quitte pas

¿Qué podría decir yo a estas alturas de este clasicazo?  Que me encantaría que los cantantes melódicos de hoy se parecieran un poquito a los de antes.

Lo único y mejor que uno puede hacer es dejarse llevar por esta gran canción. Inmensa canción y grandiosa interpretación de Jacques Brel, que en contra de lo que muchos creen era belga, no francés.

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